Encuentro con el profesor

Aquel era un día especial. Lo habían esperado, soñado y finalmente allí estaban, sentados a una mesa de la confitería, esperando la salida de un avión con destino a Buenos Aires. El profesor Anselmi y Pedro, su alumno, habían recorrido un largo camino de competencias hasta llegar a esa instancia en la UBA. Tantas horas de estudio, análisis y ensayos, tantos momentos de esparcimiento postergados habían tenido finalmente su recompensa. Pedro era el único representante de la provincia de Córdoba clasificado para la etapa final del certamen intercolegial de filosofía.

Ambos experimentaban una mezcla de ansiedad e incertidumbre.

Esas dos horas de antelación para vuelos de cabotaje se hacían eternas. Decían que solo eran noventa minutos de viaje, pero en suma se hacían cuatro horas. Habían tomado ya dos cafés y ahora el profesor leía un libro y su alumno escuchaba música desde el teléfono con auriculares.

Anselmi lucía una figura casi grotesca. Era alto, corpulento, de hombros cargados, barba tupida y escasa cabellera peinada hacia atrás. Pedro, la antítesis. Muy delgado, hombros huesudos y abundante pelo enrulado que le caía sobre los ojos.

Era una típica mañana de otoño, fresca y clara. El sol se filtraba por los inmensos ventanales de la confitería del aeropuerto e inundaba de luz el lugar. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por pasajeros y acompañantes en tiempo de espera. Ingresó al lugar un hombre de unos cuarenta años arrastrando una valija pequeña. Se detuvo en la entrada e hizo un paneo para elegir mesa. Su mirada se fijó en la figura del profesor. Luego de permanecer inmóvil un breve lapso, se acercó despacio, vacilante. Se paró junto a la mesa en silencio. Carraspeó. Recién entonces, Anselmi advirtió su presencia y levantó la vista del libro.

  • ¿Me permite sentarme unos minutos?

  • Claro –contestó el profesor, servicial, aunque extrañado. El

alumno se quitó los auriculares y prestó atención al encuentro.

  • Dudé en venir a hablar con usted, profesor, –dijo el recién

llegado mientras se acomodaba en la silla-, pero hace años que espero este momento. Es más, creí que nunca llegaría esta oportunidad.

  • Cuénteme en qué lo puedo ayudar. ¿Su nombre?

  • Marcelo Figueroa y es lógico que no se acuerde de mí. Fui solo

una víctima más en sus clases.

  • ¿Víctima?

  • Sí, profesor, víctima. Recién, cuando entré y lo vi, quedé

paralizado. Sentí un vacío en el estómago y un montón de recuerdos desdichados vinieron a mi mente.

  • ¿Usted fue alumno mío? –el profesor frunció el ceño, como

esforzándose en interpretar el planteo del extraño.

  • Pasaron más de veinte años, profesor, y no hubo un día en que

no recordara su talento para el sarcasmo, su habilidad para la humillación y la degradación. Su destreza para hacer que sus alumnos se sintieran una mierda.

Pedro, el alumno que acompañaba al profesor, estaba absorto,

como hipnotizado observando una escena que jamás hubiera imaginado.

  • Siempre dudé –prosiguió el intruso- si después de tanto tiempo

lo reconocería, pero ni bien lo vi, no tuve dudas. Su fisonomía no ha cambiado.

  • ¿Me dice que pasaron más de veinte años y me reconoció de

inmediato?

  • Los trastornos que padecemos en la secundaria –continuó

Marcelo sin darle importancia al comentario- quedan grabados para siempre… y no solo en la mente, también en el corazón. Yo tenía diecisiete años cuando lo tuve como profesor y a esa edad los sentimientos están a flor de piel, la sensibilidad en carne viva… A esa edad, señor, somos tan vulnerables, tan frágiles. Hoy, volver a verlo, me remitió a aquellas horas de angustia. Jamás entendí por qué tanta crueldad, tanto maltrato, tanta apatía…

Tomó aire e intentó en vano disimular su estado de alteración. Continuó:

-Nunca, nunca podré olvidar que me hizo sentir como un gusano que no servía para nada. Me animaría a asegurar que su desprecio por los alumnos provenía de algún trastorno psicológico. Me juré mil veces que si alguna vez lo volvía a ver le diría en la cara todo lo que sufrí por su culpa. Años de psicólogo, miles de noches despertando sobresaltado por recuerdos en los que me quedaba sin habla ante sus preguntas y sus burlas. Creo que su deporte favorito era dejar en ridículo a sus alumnos, rebajarlos hasta degradarlos. Disfrutaba aplazando a todo un curso.

  • Mire, muchacho…

  • ¡Mejor no hable! Nada… nada puede aliviar una pesada herencia

de traumas.

  • Como guste.

  • Me alegra, profesor, que esté acompañado. No sé si este chico es

su hijo o un alumno…

  • Es mi…

  • ¡No me importa! Me gusta que la persona que tiene a su lado,

sea quien sea, sepa que usted es ruin, una basura.

El alumno miraba a Marcelo y al profesor de forma intermitente sin

emitir sonido. El intruso se incorporó y antes de retirarse concluyó:

  • Además, debo aclararle, Costabel, que fue el peor profesor de

historia que tuvimos. Lejos, el peor. Me voy contento de haber podido decirle en la cara cuán despreciable es usted.

Marcelo dio media vuelta, tomó su valija y se retiró del lugar con

paso lento y tembloroso.

El profesor Anselmi abrió su libro y volvió a sumergirse en sus

páginas como si nada hubiera pasado.

  • ¿Qué fue todo eso, profe? –preguntó Pedro.

  • Un hombre enojado.

  • Sí, eso lo noté, pero lo llamó Costabel y dijo que usted le daba

historia.

  • Sin duda, ese hijo de puta del que habló, había sido parecido a

mí.

  • ¿Y por qué no le dijo que usted era otra persona?

Recién entonces, Anselmi apartó la vista del libro y miró a Pedro a

los ojos.

  • Ese hombre que se acaba de ir, Pedro, estuvo más de veinte años

esperando el momento de desahogarse, de sacar afuera toda su bronca y su resentimiento. Más de veinte años aguardando para desquitarse de un pasado que lo trastorna. Yo no tengo derecho de arruinarle esa oportunidad. Ahora vamos, que tenemos que abordar.

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