Nombre del autor:Guido

Cuentos

Agradecimiento

Querido Sergio: Te envío este e-mail con el propósito de agradecerte por elviaje a México que nos vendiste. Una maravilla. Espero también que el auto que te entregué como parte de pago funcione como corresponde, de lo contrario no olvides que todavía está en garantía. Realmente, con mi esposa, hemos pasado diez días fantásticos en Cancún. Tal vez hagas memoria y recuerdes que compramos quince, pero justo nos agarró la huelga de maleteros en el aeropuerto de Buenos Aires y estuvimos dos días y medio esperando allí. Nunca hubiese pensado que me iba a sentir como Tom Hanks en la película “La terminal” y todo por el mismo precio. Por suerte cuando el avión despegó, el vuelo fue normal… bueno si no hubiese sido por la niebla que obligó al piloto, luego de dar veinte vueltas sobre Cancún, a aterrizar en la ciudad de México. Al día siguiente todo se solucionó y retomamos el viaje en el mismo aéreo. Al llegar a Cancún tuvimos que esperar ocho horas para que nos entregaran las valijas porque habían quedado en México. Nos dijeron con una sonrisa que esos errores eran habituales. Pero lo más importante es que por fin estábamos en Cancún. Seguramente debido a tantas demoras, la empresa de turismo que nos debía trasladar hasta el hotel no estaba esperando en el aeropuerto, así que llamamos al número que vos nos habías facilitado para cualquier inconveniente y en poco menos de tres horas, llegó la combi. El hotel, amigo, extraordinario. Una lástima haber ingresado después de las doce de la noche porque ya no había lugar abierto donde comer. Así que compartimos con mi mujer un alfajor que nos había sobrado del avión y nos dormimos pensando en el desayuno del día siguiente. Era lógico, ahora que lo pienso, que el agotamiento acumulado hiciera que nos despertáramos al mediodía. Pero, ya repuestos, nos fuimos a almorzar. El comedor, querido amigo, estaba al nivel del hotel. Metros y metros de exhibidores e islas de mostradores con manjares. Todo a disposición y todo pago. Te imaginarás que después de varios días comiendo poco y mal nos pareció increíble. Estuvimos más de dos horas degustando las diferentes exquisiteces. Quisimos probar todo. En la salita médica nos atendió un doctor cubano. Nos recetó antiácidos, té digestivo y nos aconsejó que hiciéramos dieta por cuarenta y ocho horas. La cuestión es que al cuarto día en el hotel ya estábamos como nuevos y listos para disfrutar las seis jornadas restantes. Nos sentíamos en el paraíso. La sensación era inigualable: caminar por las arenas doradas del Caribe, conversar con los vendedores ambulantes, sentir el sol sobre la piel, discutir con los vendedores, disfrutar el aire cálido, eludir a los vendedores, gozar las aguas transparentes, correr de los vendedores. Debería existir un repelente o algo que evitara el acoso de estos muchachos. Había vendedores debajo del agua. El único lugar a salvo era dentro de la habitación… y la puerta con llave. Era tiempo de darse algunos gustos. Te cuento que yo siempre soñé, quizás por romanticismo o inducido por alguna película, con cenar en un restaurante junto al mar escuchando la música de las olas y disfrutando de un plato de mariscos. Todo estaba allí: el lugar, la temperatura, el banquete. Viste que las cosas no siempre salen como uno las planea. La música del mar estaba… estaba tapada por otra electrónica que salía de dos parlantes inmensos que pusieron inmediatamente después de que nos sentamos. Les habrá parecido divertido inundar la playa de punchi-punchi-punchi. Debo reconocer que los mosquitos y jejenes no estaban en mi sueño. Recuerdo haberme pegado tantas cachetadas que parecía un boxeador al borde del nocaut. Cuando se acercó el mozo, le hicimos el pedido y le deslicé diez dólares con el comentario de “Sería hermoso escuchar solo el sonido del mar”. El poder del vil dinero dio resultado y en pocos minutos esa música espantosa había desaparecido y el rumor del agua deleitaba nuestros oídos. Interrumpido secuencialmente por mis cachetadas. Invité a mi esposa a cerrar los ojos y sumergirnos en ese momento único, sublime… Tal vez por eso no advertimos que seis mariachis nos habían rodeado. De repente comenzaron a gritar (cantar es otra cosa) una ranchera. Entre las palpitaciones por el susto y la sorpresa, solo escuché que tenían un rancho grande y que me querían hacer los calzones de cuero, cosa que no me dejó muy tranquilo. Cuando por fin terminaron, les agradecimos su deferencia, pero ellos lejos de querer migrar hacia otros rumbos, volvieron a la carga con “Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida. Si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo…” Saqué otros diez dólares y les pedí que por favor nos dejaran y desplegaran su arte por otra parte, preferiblemente por otro país. Que no éramos merecedores de tanta exclusividad. Se fueron. Detrás apareció el mozo con un obsequio de bienvenida: un chupito con un líquido rojo. Nos explicó que estos preparados se toman de un saque, como si fuera tequila. Así lo hicimos. Era tequila. Debí suponerlo porque en México todos los líquidos son a base de tequila. Hasta el agua. Sin duda le habían puesto algunas gotas de jugo de frutilla para darle color, pero a nosotros, que veníamos con el estómago vacío, delicado y sobre todo desacostumbrado a las bebidas fuertes, nos cayó como un yunque. Hubiésemos necesitado un kilo de enduido para tapar el agujero. Por suerte de inmediato llegó otro mozo con la comida y puso frente a nosotros dos platos con una langosta en cada uno. Para realzar el color rojizo del crustáceo habían adornado la preparación con lechuga y rodajas de limón. El bicho nos miraba desafiante con las pinzas afiladas como diciendo: “¡Tocame, tocame si sos guapo!”. Observamos los platos durante unos minutos para comprobar que estuvieran muertas. Sin duda el mozo advirtió que estábamos en inferioridad de condiciones porque sacó del bolsillo un par de pinzas que nos dejó

Cuentos

Encuentro con el profesor

Aquel era un día especial. Lo habían esperado, soñado y finalmente allí estaban, sentados a una mesa de la confitería, esperando la salida de un avión con destino a Buenos Aires. El profesor Anselmi y Pedro, su alumno, habían recorrido un largo camino de competencias hasta llegar a esa instancia en la UBA. Tantas horas de estudio, análisis y ensayos, tantos momentos de esparcimiento postergados habían tenido finalmente su recompensa. Pedro era el único representante de la provincia de Córdoba clasificado para la etapa final del certamen intercolegial de filosofía. Ambos experimentaban una mezcla de ansiedad e incertidumbre. Esas dos horas de antelación para vuelos de cabotaje se hacían eternas. Decían que solo eran noventa minutos de viaje, pero en suma se hacían cuatro horas. Habían tomado ya dos cafés y ahora el profesor leía un libro y su alumno escuchaba música desde el teléfono con auriculares. Anselmi lucía una figura casi grotesca. Era alto, corpulento, de hombros cargados, barba tupida y escasa cabellera peinada hacia atrás. Pedro, la antítesis. Muy delgado, hombros huesudos y abundante pelo enrulado que le caía sobre los ojos. Era una típica mañana de otoño, fresca y clara. El sol se filtraba por los inmensos ventanales de la confitería del aeropuerto e inundaba de luz el lugar. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por pasajeros y acompañantes en tiempo de espera. Ingresó al lugar un hombre de unos cuarenta años arrastrando una valija pequeña. Se detuvo en la entrada e hizo un paneo para elegir mesa. Su mirada se fijó en la figura del profesor. Luego de permanecer inmóvil un breve lapso, se acercó despacio, vacilante. Se paró junto a la mesa en silencio. Carraspeó. Recién entonces, Anselmi advirtió su presencia y levantó la vista del libro. ¿Me permite sentarme unos minutos? Claro –contestó el profesor, servicial, aunque extrañado. El alumno se quitó los auriculares y prestó atención al encuentro. Dudé en venir a hablar con usted, profesor, –dijo el recién llegado mientras se acomodaba en la silla-, pero hace años que espero este momento. Es más, creí que nunca llegaría esta oportunidad. Cuénteme en qué lo puedo ayudar. ¿Su nombre? Marcelo Figueroa y es lógico que no se acuerde de mí. Fui solo una víctima más en sus clases. ¿Víctima? Sí, profesor, víctima. Recién, cuando entré y lo vi, quedé paralizado. Sentí un vacío en el estómago y un montón de recuerdos desdichados vinieron a mi mente. ¿Usted fue alumno mío? –el profesor frunció el ceño, como esforzándose en interpretar el planteo del extraño. Pasaron más de veinte años, profesor, y no hubo un día en que no recordara su talento para el sarcasmo, su habilidad para la humillación y la degradación. Su destreza para hacer que sus alumnos se sintieran una mierda. Pedro, el alumno que acompañaba al profesor, estaba absorto, como hipnotizado observando una escena que jamás hubiera imaginado. Siempre dudé –prosiguió el intruso- si después de tanto tiempo lo reconocería, pero ni bien lo vi, no tuve dudas. Su fisonomía no ha cambiado. ¿Me dice que pasaron más de veinte años y me reconoció de inmediato? Los trastornos que padecemos en la secundaria –continuó Marcelo sin darle importancia al comentario- quedan grabados para siempre… y no solo en la mente, también en el corazón. Yo tenía diecisiete años cuando lo tuve como profesor y a esa edad los sentimientos están a flor de piel, la sensibilidad en carne viva… A esa edad, señor, somos tan vulnerables, tan frágiles. Hoy, volver a verlo, me remitió a aquellas horas de angustia. Jamás entendí por qué tanta crueldad, tanto maltrato, tanta apatía… Tomó aire e intentó en vano disimular su estado de alteración. Continuó: -Nunca, nunca podré olvidar que me hizo sentir como un gusano que no servía para nada. Me animaría a asegurar que su desprecio por los alumnos provenía de algún trastorno psicológico. Me juré mil veces que si alguna vez lo volvía a ver le diría en la cara todo lo que sufrí por su culpa. Años de psicólogo, miles de noches despertando sobresaltado por recuerdos en los que me quedaba sin habla ante sus preguntas y sus burlas. Creo que su deporte favorito era dejar en ridículo a sus alumnos, rebajarlos hasta degradarlos. Disfrutaba aplazando a todo un curso. Mire, muchacho… ¡Mejor no hable! Nada… nada puede aliviar una pesada herencia de traumas. Como guste. Me alegra, profesor, que esté acompañado. No sé si este chico es su hijo o un alumno… Es mi… ¡No me importa! Me gusta que la persona que tiene a su lado, sea quien sea, sepa que usted es ruin, una basura. El alumno miraba a Marcelo y al profesor de forma intermitente sin emitir sonido. El intruso se incorporó y antes de retirarse concluyó: Además, debo aclararle, Costabel, que fue el peor profesor de historia que tuvimos. Lejos, el peor. Me voy contento de haber podido decirle en la cara cuán despreciable es usted. Marcelo dio media vuelta, tomó su valija y se retiró del lugar con paso lento y tembloroso. El profesor Anselmi abrió su libro y volvió a sumergirse en sus páginas como si nada hubiera pasado. ¿Qué fue todo eso, profe? –preguntó Pedro. Un hombre enojado. Sí, eso lo noté, pero lo llamó Costabel y dijo que usted le daba historia. Sin duda, ese hijo de puta del que habló, había sido parecido a mí. ¿Y por qué no le dijo que usted era otra persona? Recién entonces, Anselmi apartó la vista del libro y miró a Pedro a los ojos. Ese hombre que se acaba de ir, Pedro, estuvo más de veinte años esperando el momento de desahogarse, de sacar afuera toda su bronca y su resentimiento. Más de veinte años aguardando para desquitarse de un pasado que lo trastorna. Yo no tengo derecho de arruinarle esa oportunidad. Ahora vamos, que tenemos que abordar.

Teatro

Se Lo Juro Señor (Reestreno)

Se reestrena el 21 de mayo 2022, con nuevo elenco e incorporando algunas actualizaciones en el guión, en el Teatro Vitró de Bahía Blanca, con localidades agotadas. Sinopsis: Un fiscal es enviado a un pueblo para realizar un informe sobre tres muertes dudosas. El abogado toma declaración a tres mujeres que evidencian ser de diferente condición social y de quienes se sospecha su participación en los hechos que se investigan. A lo largo de la obra hace su intervención el cabo Estévez que intenta, en todo momento, participar de la audiencia. Este último tiene la particularidad de hablar siempre en rima, ya que se dice poeta. Cuando el fiscal cree haber concluido el informe, una aparición inquietante y sorpresiva hace dudar su decisión. Durante 2022 fue puesta en escena en 7 funciones más, todas a sala llena, entre las cuales se presentó en el Teatro Municipal de Bahía Blanca. La obra también fue convocada para presentarse en el Festival de Teatro del Puerto de Ingeniero White, en el Espacio Cultural Valdense de Jacinto Arauz, y en el Festival de Teatro Independiente de Punta Alta. Durante la temporada de verano de 2023, fue convocada por la Secretaría de Cultura de Monte Hermoso para presentarse en el Centro de Convenciones de la ciudad. También fue seleccionada para dar una función en el marco de las Fiestas Regionales de Teatro Independiente de la Provincia de Buenos Aires, con posibilidad de avanzar a la instancia provincial. Libro y dirección: Guido Christensen. Actuación: Mónica Robert – Leandro Vilas – Gabriel Rodríguez Asistencia, diseño de arte, escenografía y vestuario: Cristina Torralba se_lo_juro_senor_10 se_lo_juro_senor_20 se_lo_juro_senor_30 se_lo_juro_senor_40 se_lo_juro_senor_50 se_lo_juro_senor_60 se_lo_juro_senor_70

Teatro

En Cuento con Amigos

Fue estrenada en Febrero de 2022 en el Centro de Convenciones de Monte Hermoso por iniciativa del Municipio de esa localidad, colmando la sala durante la temporada de verano. Durante ese año fue puesta en escena en el Teatro El Tablado de Bahía Blanca con localidades agotadas. La obra también fue convocada por la Asociación Israelita de Bahía Blanca para presentarse en un evento a beneficio. Por primera vez el autor sube a escena, para ser parte de la narración de una selección de cuentos populares, poesías de su autoría y canciones que, abordando el amor, la amistad y el humor, forman un espectáculo emocionante y divertido. Libro, Dirección y Narración: Guido Christensen Interpretación musical y de las poesías: Mónica Robert Locución: Andrea Guerras Este espectáculo cuenta, además, en cada función con la participación de narradores invitados. EN CUENTO OTRA

Teatro

Volvete conmigo

Estrenada y llevada a escena en 2022 en el Teatro “El Tablado” de Bahía Blanca con localidades agotadas. Es una historia de amor y arrabal que entre tangos, milongas y tintes humorísticos emociona y divierte. Libro y Dirección: Guido Christensen Actuación: Sandra Savoia – Roby Gutiérrez Asistencia, diseño de arte, escenografía y vestuario: Cristina Torralba. volvete_conmigo_10 volvete_conmigo_20 volvete_conmigo_30 volvete_conmigo_40 volvete_conmigo_50 volvete_conmigo_60 volvete_conmigo_70

Libros

Otra vez

Fue editado por EDIUNS en noviembre de 2024 Contiene 23 cuentos. Se trata de una selección que intercala relatos humorísticos con otros que emocionan, pero todos con el común denominador de la grata sorpresa, el agudo ingenio y el giro inesperado que hace pensar al lector. Se presentó en la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia en el Auditorio L.Caronti Bahía Blanca, 12 de junio de 2025 Participaron de la presentación: Andrea Guerras, Rubén Baltián, Gustavo Mandará, Nestor Cazzaniga, Sergio Katz, Francisco Vallejo, Grupo Vocal Raíces. https://youtube.com/shorts/KtDtSE76K0k otra_vez_12.jpg otra_vez_10.jpg otra_vez_09.jpg otra_vez_08.jpg otra_vez_07.jpg otra_vez_06.jpg otra_vez_05.jpg otra_vez_04.jpg otra_vez_03.jpg otra_vez_02.jpg otra_vez_01.jpg _DSC6308

Teatro

Postales

Este unipersonal estrenado el 3 de diciembre de 2021 en el Teatro Variette de Bahía Blanca. Postales es un paseo imaginario por las décadas de los 60 y 70 donde se tienta a las emociones evocando costumbres, anécdotas y música de la época, al barrio y sus personajes. La obra resulta un paréntesis en la vida para recordar, reflexionar, emocionarse y reír de lo que fue o pudo haber sido la infancia de cada uno de nosotros. Fue llevada a escena en distintas salas de la ciudad. En 2022 el Teatro Municipal de Bahía Blanca recibió esta propuesta con una excelente repercusión del público. Participó del Festival de Teatro del Puerto, organizado por el Consorcio del Puerto de Bahía Blanca con la colaboración de la Asociación Argentina de Actores en la semana de Formó parte del XVI Festival de Teatro de Tres Lomas en Julio 2022. Se puede ver la obra en el canal de Youtube de Guido Christensen https://www.youtube.com/@guidochristensen Libro y Dirección: Guido Christensen Actuación: Pablo Fiordelmondo Asistencia, diseño de arte (vestuario y escenografía): Cristina Torralba postales_10 postales_20 postales_30 postales_40 postales_50 postales_60 postales_70 postales_80 postales_90 postales_100

Teatro

Uno Yira Yira en este Cambalache

Fue estrenada en 2019 en el Teatro “El Tablado” realizando funciones durante todo ese año. Narra los momentos más sensibles de la vida del multifacético Enrique Santos Dicépolo. Su libro es el fruto de una investigación sobre el artista, que concluye en una obra cuidada y con marcada rigurosidad histórica. Libro y Dirección: Guido Christensen Actuación: Sandra Savoia Patricio Lodeiro. Asistencia y Diseño de Arte (vestuario y escenografía): Cristina Torralba uno_yira_yira_10 uno_yira_yira_20 uno_yira_yira_30 uno_yira_yira_40 uno_yira_yira_50 uno_yira_yira_60 uno_yira_yira_70 uno_yira_yira_80 uno_yira_yira_90 uno_yira_yira_100 uno_yira_yira_110 uno_yira_yira_120 uno_yira_yira_130 uno_yira_yira_140

Teatro

Caricaturas Argentinas

Se estrenó el 19 de Octubre de 2018 en el Teatro El Tablado de Bahía Blanca con más de una docena de presentaciones durante el período 2018 -2019. Un seductor nato, una adivina increíble, un extraño taxista son algunos de los personajes que forman la trama de Caricaturas Argentinas; una obra para reflexionar y reírnos de nosotros mismos. En 2020 se realizó una función por streaming, gracias a una convocatoria del Puerto Cultural del Consorcio del Puerto de Bahía Blanca. El tema musical “Caricaturas Argentinas” fue creado especialmente para esta obra con letra que pertenece a Guido Christensen y música a Eduardo Canale. Libro y Dirección: Guido Christensen Actuación: Mónica Robert Roby Gutiérrez Pablo Fiordelmondo Diseño de Arte (vestuario y escenografía) : Cristina Torralba caricaturas_argentinas_10 caricaturas_argentinas_20 caricaturas_argentinas_30 caricaturas_argentinas_40 caricaturas_argentinas_50 caricaturas_argentinas_60 caricaturas_argentinas_70 caricaturas_argentinas_80 caricaturas_argentinas_90 caricaturas_argentinas_100 caricaturas_argentinas_110 caricaturas_argentinas_120 caricaturas_argentinas_130

Libros

Cosas que pasan

“Cosas que pasan” fue editado por EDIUNS en septiembre de 2018. Se presentó en el Aula Magna de Colón 80 de Bahía Blanca el 8 de noviembre de 2018. Contiene 22 cuentos 240 páginas. Participaron de la presentación: Dra. Nidia Burgos Mónica Robert Pablo Morelli Roby Gutierrez Sandra Savoia Pablo Fiordelmondo cosas_que_pasan_50 cosas_que_pasan_90 cosas_que_pasan_20 cosas_que_pasan_110 cosas_que_pasan_10 cosas_que_pasan_40 cosas_que_pasan_80 cosas_que_pasan_70 cosas_que_pasan_30 cosas_que_pasan_60 cosas_que_pasan_100

Cuentos

TÍA GRISELDA

Tía Griselda era una persona especial. La recuerdo como un personaje desfachatado, transgresor, al que nosotros, los más chicos de la familia, esperábamos con entusiasmo en las fiestas de fin de año. Tal vez porque en esa época de vacas flacas, ella era la única que traía mantecol y maní con chocolate. Además, cuando llegaba el momento de lo dulce, nos repartía primero a nosotros. Era alegre, flaca y alta, muy alta. Para colmo usaba tacos. Distinguida y elegante al punto de ser siempre el centro de los comentarios de mis otras tías. Al principio, halagadores: “¿Te fijaste los zapatos que lleva?”. “Y el vestido es un sueño”, “Es que con ese cuerpo luce cualquier pilcha”. Después venía la envidia: “El collar que lleva puesto no se compra con decencia”. “No se pueden creer las tetas que tiene”. “Mirá, yo prefiero ser petisa y gordita, pero mujer”. Y por último el resentimiento: “Siempre una sombra de barba se le nota”. “Y además el bulto”. “¿Pero si lleva vestido?”. “El bulto en el cuello, el de la nuez”. Claro, la tía Griselda era un travesti. El hermano más chico de mi vieja. El tercer y último hijo que, en principio, había sido un regalo del cielo y luego, al ver su inclinación sexual, una especie de maldición. En ese tiempo yo tenía ocho años y tener una tía así era, además de anormal, vergonzoso. Manteníamos absoluta reserva sobre el tema. Bueno, yo se lo había dicho en secreto a mis mejores amigos, ellos a sus padres y sus padres al resto de la comunidad. Así que la noticia se había esparcido por la ciudad como un reguero de pólvora, pero sin riesgo de humedad. Mí madre me lo había contado un año antes y entonces entendí una cantidad de comentarios, gestos y actitudes que me venían atormentando. Comprendí también porque en las fotos de su adolescencia, mamá siempre estaba con su hermano y un amigo del tío, que por cierto era muy parecido a la tía. Comprendí que aquél “Fabián” que habían mencionado en algún descuido no vivía en Uruguay ni era un primo lejano como decían. Yo sentía, por algunas miradas, que para los demás éramos una familia poco común porque además contábamos con otros condimentos atípicos para la época. Mis abuelas, por ejemplo, que vivían juntas para hacerse mutua compañía: una era soltera y la otra viuda de tres maridos. Mi mamá, separada. O mejor dicho abandonada. Papá se había ido cuando yo tenía dos años y recién lo volví a ver a los doce; vino a plantearme su culpa de padre ausente. Le dije que no se preocupara por el adjetivo ya que no cumplía con el sustantivo y se fue sin entender demasiado. Por suerte, durante esos pocos años en los que pasamos las fiestas juntos tuve la oportunidad de conocer a mis parientes, aunque siempre la persona que más me impactó fue Griselda. La familia estaba compuesta por el tío Pedro, su mujer Elisa y sus dos hijas. La grande era piola, la chica muy aburrida. Los tíos Cacho y María con su hijo, Gastón. El tío Alberto y su esposa Sandra con tres descendientes: Amanda de quince y los mellizos de mi edad, Julián y Esteban. Mi mamá Mercedes y yo. Bueno, por supuesto también estaban la tía Griselda y mis dos abuelas. Mis primas grandes se iban después de los festejos. Los primeros años a charlar a alguna habitación y los últimos las pasaban a buscar para ir a bailar. Así que quedábamos Gastón, los mellizos y yo para los fuegos artificiales, porque la aburrida estaba siempre con la madre. Éramos cuatro primos varones casi de la misma edad y, aunque a veces nos peleábamos, disfrutábamos de estar juntos. Para las reuniones de fin de año habían elegido un lugar neutral: la casa de las abuelas. Una casa antigua de las que llaman “chorizo”, con patio embaldosado y canteros en los bordes con malvones, rosales y una ruda que nosotros intentábamos esquivar para no impregnarnos con su olor. Por otra parte ese patio era el único que podía albergar a los diecisiete. Recuerdo que las noches eran siempre calurosas y que el jazmín gigante de un vecino asomaba por el paredón inundando el patio de perfume. Durante esos días, las habitaciones del costado se convertían en improvisadas cocinas donde se preparaba lo que después se serviría: lechón frío, ensalada rusa, matambre, piononos de varios sabores y tamaños y bandejas multicolores con inventos raros. Toda la familia se ponía de acuerdo y cada uno tenía su especialidad. Mi mamá hacía el mejor matambre de la familia. El tío Pedro tenía un amigo panadero que se encargaba de cocinar el lechón y él se jactaba de preparar el mejor adobo del mundo. Alberto y Sandra eran dueños de una despensa que abría catorce horas por día. Así que debido a la falta de tiempo se habían otorgado el privilegio de aportar bebidas y confituras. Alguna vez escuché a los otros tíos decir que solo llevaban lo que no podían vender y que un vino blanco muy viejo los había hecho lagrimear. Elisa y María competían tácitamente. Intentaban lucirse y sorprender con algún plato novedoso. Por lo general se trataba de ensayos frustrados que combinaban sin distinción anchoas, palmitos, espárragos o roquefort, fusionados en budines o tartas caseras, caras e incomibles, que decoraban con huevitos de codorniz. De los cuatro años en que nos juntamos la familia completa, la última Nochebuena fue inolvidable. Según me había contado mi mamá, la familia había dejado de reunirse durante algún tiempo cuando yo todavía dormía en cuna. Ella aseguraba que la homosexualidad de Fabián, o sea de la tía Griselda, era el verdadero motivo del alejamiento y que fue en el velorio del tío Pepe que decidieron que nos volviéramos a juntar. Parece que la melancolía por la pérdida hizo reflexionar a varios y resolvieron que siendo la vida tan corta no valía la pena estar separados. De manera

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TANDIL SOÑADO

Allí estaba yo, acostado entre mi mujer y la mesita de luz, padeciendo otro de mis acostumbrados insomnios. Aun con los ojos cerrados podía ver las agujas fluorescentes de mi reloj despertador avanzando con prisa y sin pausa. Había entrado en ese círculo vicioso en el que me ponía nervioso por no dormir y no dormía por los nervios. Llevaba más de tres horas probando mis frustrados métodos: rezo, concentración, respiración… solo me quedaba el garrotazo, la resignación o una pastilla. Opté por la resignación. Me faltaba coraje para darme un garrotazo y si tomaba una pastilla corría el riesgo de dormirme a la mañana siguiente, ya que era demasiado tarde. Por momentos, nunca sabré si eran minutos o segundos, me entredormía y aparecían imágenes confusas. Veía todo desde un tercer plano. La casa chorizo de mi infancia se mezclaba con mi patio actual. Mi vecino y yo subidos a los techos donde nos sentíamos libres además de superhéroes. El aroma delicioso y constante de la panadería de la esquina. El sol que reflejaba en la chapa y nos hacía achinar los ojos, y el murmullo de los chicos de la escuela de al lado. Una miscelánea de situaciones vagaba por mi mente. La angustia por la bicicleta que me robaron a los diez años, el miedo al hijo loco del mimbrero y la figura de mi abuela, de espaldas, cocinando el tuco para los fideos en mi cocina actual. Todo era impreciso en esos sueños etéreos que ni siquiera me servían para descansar. Necesitaba vacaciones, además de un psicólogo. Me levanté resignado. Ni siquiera miré el reloj. Fui a la cocina y calenté un poco de leche. Dicen que ayuda a recuperar el sueño. Yo nunca lo creí, pero en la desesperación se prueba todo. Precepto que sustenta el negocio de timadores como brujos y curanderos. A mis dificultades habituales para dormir se habían sumado las preocupaciones matrimoniales. Nuestra relación era un diminuto velero que atravesaba una tempestad en alta mar. Uno nunca está seguro de haber encontrado al amor de su vida y pasa años pensando si ese hombre o mujer con quien comparte sus días fue la mejor opción. Es curioso, lo mismo que en un tiempo nos sedujo de una persona luego resulta inaguantable. Aquel lunar en la mejilla que adoraba y hasta admiraba porque la hacía única y especial, ahora produce rechazo. Ese amor por la música clásica que la hacía parecer tan culta te lleva luego a odiar a Beethoven y Bach. Volví a la cama. Cuando todo empieza a salir mal, la vida se vuelve un efecto dominó. Darse cuenta a tiempo y romper la racha es la única salida. Aunque siempre es más fácil decirlo que hacerlo. El recuerdo de algunas discusiones agujereaba mi mente. Cerré los ojos y me propuse entonces pensar en el viaje de placer que realizaríamos en familia. Una escapada de tres días a Tandil con el único fin de intentar solucionar o al menos disipar el mal momento de nuestra pareja. Uno a veces cree que un cambio de aire puede mejorar el vínculo, como si el matrimonio sufriera de asma. Pero es bueno, necesario y saludable agotar todas las posibilidades antes de la separación. Recordé cuando mi sobrino, ante mi comentario de hacer un viaje en Semana Santa, me aconsejó sin dudar: “Vayan a Tandil”. “¿Por qué?” pregunté ante tanta seguridad. “Porque Tandil es Pascua”, contestó. Me encontré paseando por una ciudad vestida de fiesta y, a pesar de la ruta comercial creada para el turista, se respiraba espiritualidad. Caminábamos con mi esposa y mis hijas hacia el Calvario por una avenida ancha y empinada. En el centro y a ambos lados se alojaban columnas interminables de stands de artesanos. Las ferias siempre fueron mi debilidad, pero de tanto recorrerlas a lo largo y ancho del país y de mi vida, fui perdiendo el interés y la capacidad de sorpresa. Las manualidades se repiten y pocos artículos me resultan atractivos. Trabajos en madera, papel, cuero, con tornillos, con alambre, títeres, juegos de ingenio y cientos de productos más exhibidos en los puestos, salpicaban la avenida. Cada cien metros aproximadamente, artistas callejeros desplegaban diferentes talentos. Un pintor con ínfulas de gran artista bailaba a la vez que pintaba con aerosoles un bastidor. A un costado exponía sus cuadros, todos muy similares: soles o lunas gigantes sobre el horizonte, cascadas, árboles secos y arroyos sinuosos. Todos con colores, sombras y luces parecidas. Debo confesar que encontré algunos personajes pintorescos con propuestas originales: un adolescente calvo publicitaba un producto hecho con hierbas de la Patagonia que aseguraba una cabellera abundante y la cura definitiva de los calambres. Una bella señorita ofrecía un abrazo y una frase por un billete que no fuera el más chico. Miré a mi alrededor y al no divisar a ningún integrante de mi familia me entregué a su propuesta sin dudarlo. El abrazo habrá durado cinco o seis segundos y fue como una brisa de aire fresco directo al alma. Me dijo al oído: “A veces la felicidad está tan cerca que nos pasamos de largo”. Me acarició una mejilla y se alejó. Antes de verla perderse entre la gente alcancé a leer que en la espalda de su remera decía: “Hace falta más gente que crea en cosas imposibles”. Seguí caminando. Es maravilloso con qué poco nos sentimos mejor. Una mirada, una sonrisa, un apretón de manos, un gesto amable… un abrazo. Faltaban unos metros para terminar el recorrido ascendente cuando vi un stand diferente. Como ocurría en la mayoría de los puestos, los estantes estaban forrados con una tela de color y sobre ellos descansaban varios botellones de vidrio. Más arriba, un cartel rezaba: “Vendo silencio”. Fue instinto mi sonrisa y me acerqué curioso, porque admiro a los embusteros que van más allá de lo imaginable. El hombre que atendía me estudió con la mirada y también sonrió. Estimé que, detrás de esa barba y debajo del pelo largo canoso y

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CUERVO

Cuando vi en la pantalla del celular que era Aguirre supe que, si atendía, me iba a meter en un quilombo. Atendí. -No quiero trabajo –informé. -No siempre uno puede hacer lo que quiere. -¿Qué tengo que hacer? -Proteger a un testigo. -¿Cuánto tiempo? -Hasta el lunes –era sábado. -Metelo preso. -Más quisiera yo, pero no puedo. Además, si lo hago, estoy seguro de que lo matan adentro. -¿Qué tiene que declarar? -Menos pregunta Dios… -Buscá a otro. -Me debés más que esto. -Pasame los datos por mensaje –era verdad, le debía algunos favores. -Tiene que estar el lunes a las nueve en Tribunales. -Me ocupo. -Andá ahora. No hay tiempo. -¿Tengo una hora? -No. Tiene que ser ya. Corté. ¡Qué mala suerte! Una vez que había conseguido una flaca, tenía el departamento ordenado y acababa de tomar la pastilla, me sale esto. Con el tiempo uno se da cuenta de que con un poco de salud, comida, un buen vino, un buen libro y a veces, solo a veces, alguien con quien compartir la noche, tiene todo lo que necesita. Despedí a la dama prometiendo, para un próximo encuentro, cosas que no podría haber cumplido ni a los veinte y me fui con la odiosa frase: “El deber me llama”. Me retiré de la fuerza hace cinco años pero aún me siguen llamando para casos especiales. No sé si es un honor o una desdicha. Recibí el mensaje minutos después. HOTEL ROMÁN NICASIO El lugar quedaba cerca. Alrededor de seis cuadras de donde me encontraba. Llegaba más rápido caminando que por cualquier otro medio. En esa zona de Buenos Aires, los sábados a la noche las veredas se convierten en junglas humanas donde el desfile es variado: vendedores ambulantes, borrachos, putas, adictos, proveedores de drogas, indigentes tomando de una botella envuelta en bolsa de papel, cirujas desquiciados que cantan en voz alta, compadritos con ropa llamativa y lentes de sol. El bullicio es una mezcla de risas, insultos, bocinazos, pregones y se huele incienso, comida, sudor. Apreté los ojos y al volver a abrirlos me embriagaron mil luces de autos fusionadas con el neón de las vidrieras. Tal vez sea el efecto del viagra, me dije. El hotel Román, donde se hospedaba Nicasio, había sido mediocre ya en sus comienzos, pero de aquello hacía más de cien años. El desgaste del tiempo y la desidia lo habían convertido en una especie de ruina edilicia que alojaba desocupados, artistas callejeros, truhanes y timadores de poca monta. El dueño lo alquilaba por semana y el precio lo acordaba según los ingresos y la cara del cliente. Cuando le pregunté por medio de un mensaje a Aguirre por qué lo habían metido en ese tugurio, me contestó que ahí ni los asesinos quieren entrar. Un hombre que había pasado los ochenta se incorporó con dificultad y me observó sin responder a mi saludo de buenas noches. Levantó apenas el mentón y supuse que era el “¿En qué puedo ayudarlo?” de esa categoría de hoteles. -Busco a Nicasio. -Último piso, habitación seis. El último piso era el primero y único. Tal vez esa era la gracia del viejo y no la supe interpretar. Subí la escalera y recorrí un pasillo largo y oscuro. Por una ventana sucia del fondo del corredor entraba un haz de luz que me ayudó a descubrir los números de las habitaciones. Llegué hasta el nueve y me volví. No sea cosa que protegiese a otro. Golpeé. -¿Quién? -El Cuervo. Abrió. Me recibió en calzoncillos, medias y camisolín. Creí que los camisolines se habían dejado de fabricar con la llegada de las musculosas. Entré. Nicasio era dueño de un cuerpo endeble y diminuto. Calculé que rondaría los cincuenta kilos con una sandía bajo el brazo. También lo tendré que cuidar del viento, pensé. Me había informado Aguirre que era un intelectual con información pesada. Sin duda eso era todo lo pesado con lo que contaba. -Ahora entiendo su sobrenombre –dijo señalando mi nariz. Empezamos mal. -Buenas noches. ¿Ese es todo el cuerpo que tiene? -No necesito más, uso el cerebro. -Lo bueno es que no cobro la protección por kilo. -Es que un policía no podría hacer la cuenta. -Ya no soy policía. Y cámbiese rápido que nos vamos. -Puede ser que ya no lo sea pero sigue mirando y hablando como policía. ¿Por qué nos tenemos que ir? -Llámelo presentimiento. En el piso, cual si fuera una mala escenografía, había latas, botellas, revistas, cajas de pizzas y pedazos de empanadas. -Detrás de un bohemio intelectual siempre hay un mugriento –expuse para seguir el diálogo amistoso que habíamos iniciado. Él se quedó callado. El olor a humedad era tan insoportable como lógico, las manchas y los hongos cubrían casi toda la pared. -¿Cuánto hace que está acá? -Vine a vivir hace una semana. -Acá no se viene a vivir, se viene a sufrir –comenté mientras corría algunas porquerías con el pie-. ¿Puede apurarse? -¿Estoy en peligro? -Mi olfato está en peligro. ¿Ha tomado alguna sustancia prohibida? –le pregunté al ver sus pupilas dilatadas. -¿Y usted? Tiene las orejas rojas y los ojos vidriosos. -¿Cómo puede vivir con este olor a humedad? –cambié de tema, después de todo era su vida. -Uno se acostumbra. A todo se acostumbra. Cuando escuché los golpes en la puerta sentí lo mismo que cuando vi el nombre de Aguirre en el celular, que estaba en problemas. No había querido llevar la 45. Me había parecido innecesario así que portaba la Bersa 22. Chica, cómoda, algo ineficiente, pero tampoco para subestimar. -¡Métase debajo de la cama! –susurré. Era el único lugar para esconderse en esa pocilga. Volvieron golpear y gritaron que venían a dejar un recado. Saqué mi arma, apoyé la espalda en una de las paredes laterales y me dejé caer hasta quedar en cuclillas. El momento era crítico. Ni siquiera me importó que mi campera tomase olor a humedad. No hubo tercer llamado. Derribaron la puerta de una patada. Eran dos y

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Dramaturgias Bahienses

Recopilación de las obras teatrales producidas y estrenadas entre 2011 y 2014. Este libro contiene 8 trabajos de diferentes autores. Posee también como introducción a cada uno, un comentario de cada dramaturgo. La propuesta fue presentada por uno de los autores, Miguel Mendiondo, y llevada a cabo en conjunto con la doctora Nidia Burgos. El prólogo estuvo a cargo de Carlos Fox y las entrevistas fueron realizadas por Daniela Villanueva Aliaga. Fotos Gustavo Pilotti. Este libro obtuvo el premio de Teatro Del Mundo 2015 dramaturgias_bahienses_10 dramaturgias_bahienses_20 dramaturgias_bahienses_30

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Más allá del Humor

Editado por EDIUNS en agosto de 2013 Contiene 19 cuentos que ofrecen una particular visión del mundo e impactan por su sensibilidad para captar con humor las diversas acciones y reacciones de las personas en su entorno cotidiano. Se presentó en el Aula Magna de Colón 80, Rectorado UNS Bahía Blanca 2 de Octubre de 2013 Participaron de la presentación: Dra. Nidia Burgos, Mónica Robert, Pablo Morelli, Roby Gutiérrez y la pareja de tango “Sergio y Adriana”. Este libro participó de la feria del libro de Guadalajara, México. https://www.youtube.com/watch?v=CzIzHdaJ7wE mas _alla_de_humor_10 mas _alla_de_humor_20 mas _alla_de_humor_30 mas _alla_de_humor_40 mas _alla_de_humor_50 mas _alla_de_humor_60 mas _alla_de_humor_70 mas _alla_de_humor_80 mas _alla_de_humor_90 mas _alla_de_humor_100

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Pasalo Bien

Fue editado en marzo de 2010 Contiene 26 cuentos que intentan brindar al lector momentos de dispersión y alegría. Se presentó en el Aula Magna de Colón 80, Rectorado UNS Bahía Blanca, 8 de abril de 2010 Participaron de la presentación: Dra. Nidia Burgos, Mónica Robert, Pablo Morelli, Roby Gutiérrez, Miguel Mendiondo y el grupo “Mala Junta” pasalo_bien_30 pasalo_bien_10 pasalo_bien_20 pasalo_bien_120 pasalo_bien_100 pasalo_bien_110 pasalo_bien_50 pasalo_bien_60 pasalo_bien_70 pasalo_bien_80 pasalo_bien_90 pasalo_bien_130 pasalo_bien_140 pasalo_bien_150 pasalo_bien_40 pasalo_bien_160 pasalo_bien_170

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