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Agradecimiento

Querido Sergio: Te envío este e-mail con el propósito de agradecerte por elviaje a México que nos vendiste. Una maravilla. Espero también que el auto que te entregué como parte de pago funcione como corresponde, de lo contrario no olvides que todavía está en garantía. Realmente, con mi esposa, hemos pasado diez días fantásticos en Cancún. Tal vez hagas memoria y recuerdes que compramos quince, pero justo nos agarró la huelga de maleteros en el aeropuerto de Buenos Aires y estuvimos dos días y medio esperando allí. Nunca hubiese pensado que me iba a sentir como Tom Hanks en la película “La terminal” y todo por el mismo precio. Por suerte cuando el avión despegó, el vuelo fue normal… bueno si no hubiese sido por la niebla que obligó al piloto, luego de dar veinte vueltas sobre Cancún, a aterrizar en la ciudad de México. Al día siguiente todo se solucionó y retomamos el viaje en el mismo aéreo. Al llegar a Cancún tuvimos que esperar ocho horas para que nos entregaran las valijas porque habían quedado en México. Nos dijeron con una sonrisa que esos errores eran habituales. Pero lo más importante es que por fin estábamos en Cancún. Seguramente debido a tantas demoras, la empresa de turismo que nos debía trasladar hasta el hotel no estaba esperando en el aeropuerto, así que llamamos al número que vos nos habías facilitado para cualquier inconveniente y en poco menos de tres horas, llegó la combi. El hotel, amigo, extraordinario. Una lástima haber ingresado después de las doce de la noche porque ya no había lugar abierto donde comer. Así que compartimos con mi mujer un alfajor que nos había sobrado del avión y nos dormimos pensando en el desayuno del día siguiente. Era lógico, ahora que lo pienso, que el agotamiento acumulado hiciera que nos despertáramos al mediodía. Pero, ya repuestos, nos fuimos a almorzar. El comedor, querido amigo, estaba al nivel del hotel. Metros y metros de exhibidores e islas de mostradores con manjares. Todo a disposición y todo pago. Te imaginarás que después de varios días comiendo poco y mal nos pareció increíble. Estuvimos más de dos horas degustando las diferentes exquisiteces. Quisimos probar todo. En la salita médica nos atendió un doctor cubano. Nos recetó antiácidos, té digestivo y nos aconsejó que hiciéramos dieta por cuarenta y ocho horas. La cuestión es que al cuarto día en el hotel ya estábamos como nuevos y listos para disfrutar las seis jornadas restantes. Nos sentíamos en el paraíso. La sensación era inigualable: caminar por las arenas doradas del Caribe, conversar con los vendedores ambulantes, sentir el sol sobre la piel, discutir con los vendedores, disfrutar el aire cálido, eludir a los vendedores, gozar las aguas transparentes, correr de los vendedores. Debería existir un repelente o algo que evitara el acoso de estos muchachos. Había vendedores debajo del agua. El único lugar a salvo era dentro de la habitación… y la puerta con llave. Era tiempo de darse algunos gustos. Te cuento que yo siempre soñé, quizás por romanticismo o inducido por alguna película, con cenar en un restaurante junto al mar escuchando la música de las olas y disfrutando de un plato de mariscos. Todo estaba allí: el lugar, la temperatura, el banquete. Viste que las cosas no siempre salen como uno las planea. La música del mar estaba… estaba tapada por otra electrónica que salía de dos parlantes inmensos que pusieron inmediatamente después de que nos sentamos. Les habrá parecido divertido inundar la playa de punchi-punchi-punchi. Debo reconocer que los mosquitos y jejenes no estaban en mi sueño. Recuerdo haberme pegado tantas cachetadas que parecía un boxeador al borde del nocaut. Cuando se acercó el mozo, le hicimos el pedido y le deslicé diez dólares con el comentario de “Sería hermoso escuchar solo el sonido del mar”. El poder del vil dinero dio resultado y en pocos minutos esa música espantosa había desaparecido y el rumor del agua deleitaba nuestros oídos. Interrumpido secuencialmente por mis cachetadas. Invité a mi esposa a cerrar los ojos y sumergirnos en ese momento único, sublime… Tal vez por eso no advertimos que seis mariachis nos habían rodeado. De repente comenzaron a gritar (cantar es otra cosa) una ranchera. Entre las palpitaciones por el susto y la sorpresa, solo escuché que tenían un rancho grande y que me querían hacer los calzones de cuero, cosa que no me dejó muy tranquilo. Cuando por fin terminaron, les agradecimos su deferencia, pero ellos lejos de querer migrar hacia otros rumbos, volvieron a la carga con “Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida. Si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo…” Saqué otros diez dólares y les pedí que por favor nos dejaran y desplegaran su arte por otra parte, preferiblemente por otro país. Que no éramos merecedores de tanta exclusividad. Se fueron. Detrás apareció el mozo con un obsequio de bienvenida: un chupito con un líquido rojo. Nos explicó que estos preparados se toman de un saque, como si fuera tequila. Así lo hicimos. Era tequila. Debí suponerlo porque en México todos los líquidos son a base de tequila. Hasta el agua. Sin duda le habían puesto algunas gotas de jugo de frutilla para darle color, pero a nosotros, que veníamos con el estómago vacío, delicado y sobre todo desacostumbrado a las bebidas fuertes, nos cayó como un yunque. Hubiésemos necesitado un kilo de enduido para tapar el agujero. Por suerte de inmediato llegó otro mozo con la comida y puso frente a nosotros dos platos con una langosta en cada uno. Para realzar el color rojizo del crustáceo habían adornado la preparación con lechuga y rodajas de limón. El bicho nos miraba desafiante con las pinzas afiladas como diciendo: “¡Tocame, tocame si sos guapo!”. Observamos los platos durante unos minutos para comprobar que estuvieran muertas. Sin duda el mozo advirtió que estábamos en inferioridad de condiciones porque sacó del bolsillo un par de pinzas que nos dejó

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Encuentro con el profesor

Aquel era un día especial. Lo habían esperado, soñado y finalmente allí estaban, sentados a una mesa de la confitería, esperando la salida de un avión con destino a Buenos Aires. El profesor Anselmi y Pedro, su alumno, habían recorrido un largo camino de competencias hasta llegar a esa instancia en la UBA. Tantas horas de estudio, análisis y ensayos, tantos momentos de esparcimiento postergados habían tenido finalmente su recompensa. Pedro era el único representante de la provincia de Córdoba clasificado para la etapa final del certamen intercolegial de filosofía. Ambos experimentaban una mezcla de ansiedad e incertidumbre. Esas dos horas de antelación para vuelos de cabotaje se hacían eternas. Decían que solo eran noventa minutos de viaje, pero en suma se hacían cuatro horas. Habían tomado ya dos cafés y ahora el profesor leía un libro y su alumno escuchaba música desde el teléfono con auriculares. Anselmi lucía una figura casi grotesca. Era alto, corpulento, de hombros cargados, barba tupida y escasa cabellera peinada hacia atrás. Pedro, la antítesis. Muy delgado, hombros huesudos y abundante pelo enrulado que le caía sobre los ojos. Era una típica mañana de otoño, fresca y clara. El sol se filtraba por los inmensos ventanales de la confitería del aeropuerto e inundaba de luz el lugar. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por pasajeros y acompañantes en tiempo de espera. Ingresó al lugar un hombre de unos cuarenta años arrastrando una valija pequeña. Se detuvo en la entrada e hizo un paneo para elegir mesa. Su mirada se fijó en la figura del profesor. Luego de permanecer inmóvil un breve lapso, se acercó despacio, vacilante. Se paró junto a la mesa en silencio. Carraspeó. Recién entonces, Anselmi advirtió su presencia y levantó la vista del libro. ¿Me permite sentarme unos minutos? Claro –contestó el profesor, servicial, aunque extrañado. El alumno se quitó los auriculares y prestó atención al encuentro. Dudé en venir a hablar con usted, profesor, –dijo el recién llegado mientras se acomodaba en la silla-, pero hace años que espero este momento. Es más, creí que nunca llegaría esta oportunidad. Cuénteme en qué lo puedo ayudar. ¿Su nombre? Marcelo Figueroa y es lógico que no se acuerde de mí. Fui solo una víctima más en sus clases. ¿Víctima? Sí, profesor, víctima. Recién, cuando entré y lo vi, quedé paralizado. Sentí un vacío en el estómago y un montón de recuerdos desdichados vinieron a mi mente. ¿Usted fue alumno mío? –el profesor frunció el ceño, como esforzándose en interpretar el planteo del extraño. Pasaron más de veinte años, profesor, y no hubo un día en que no recordara su talento para el sarcasmo, su habilidad para la humillación y la degradación. Su destreza para hacer que sus alumnos se sintieran una mierda. Pedro, el alumno que acompañaba al profesor, estaba absorto, como hipnotizado observando una escena que jamás hubiera imaginado. Siempre dudé –prosiguió el intruso- si después de tanto tiempo lo reconocería, pero ni bien lo vi, no tuve dudas. Su fisonomía no ha cambiado. ¿Me dice que pasaron más de veinte años y me reconoció de inmediato? Los trastornos que padecemos en la secundaria –continuó Marcelo sin darle importancia al comentario- quedan grabados para siempre… y no solo en la mente, también en el corazón. Yo tenía diecisiete años cuando lo tuve como profesor y a esa edad los sentimientos están a flor de piel, la sensibilidad en carne viva… A esa edad, señor, somos tan vulnerables, tan frágiles. Hoy, volver a verlo, me remitió a aquellas horas de angustia. Jamás entendí por qué tanta crueldad, tanto maltrato, tanta apatía… Tomó aire e intentó en vano disimular su estado de alteración. Continuó: -Nunca, nunca podré olvidar que me hizo sentir como un gusano que no servía para nada. Me animaría a asegurar que su desprecio por los alumnos provenía de algún trastorno psicológico. Me juré mil veces que si alguna vez lo volvía a ver le diría en la cara todo lo que sufrí por su culpa. Años de psicólogo, miles de noches despertando sobresaltado por recuerdos en los que me quedaba sin habla ante sus preguntas y sus burlas. Creo que su deporte favorito era dejar en ridículo a sus alumnos, rebajarlos hasta degradarlos. Disfrutaba aplazando a todo un curso. Mire, muchacho… ¡Mejor no hable! Nada… nada puede aliviar una pesada herencia de traumas. Como guste. Me alegra, profesor, que esté acompañado. No sé si este chico es su hijo o un alumno… Es mi… ¡No me importa! Me gusta que la persona que tiene a su lado, sea quien sea, sepa que usted es ruin, una basura. El alumno miraba a Marcelo y al profesor de forma intermitente sin emitir sonido. El intruso se incorporó y antes de retirarse concluyó: Además, debo aclararle, Costabel, que fue el peor profesor de historia que tuvimos. Lejos, el peor. Me voy contento de haber podido decirle en la cara cuán despreciable es usted. Marcelo dio media vuelta, tomó su valija y se retiró del lugar con paso lento y tembloroso. El profesor Anselmi abrió su libro y volvió a sumergirse en sus páginas como si nada hubiera pasado. ¿Qué fue todo eso, profe? –preguntó Pedro. Un hombre enojado. Sí, eso lo noté, pero lo llamó Costabel y dijo que usted le daba historia. Sin duda, ese hijo de puta del que habló, había sido parecido a mí. ¿Y por qué no le dijo que usted era otra persona? Recién entonces, Anselmi apartó la vista del libro y miró a Pedro a los ojos. Ese hombre que se acaba de ir, Pedro, estuvo más de veinte años esperando el momento de desahogarse, de sacar afuera toda su bronca y su resentimiento. Más de veinte años aguardando para desquitarse de un pasado que lo trastorna. Yo no tengo derecho de arruinarle esa oportunidad. Ahora vamos, que tenemos que abordar.

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TÍA GRISELDA

Tía Griselda era una persona especial. La recuerdo como un personaje desfachatado, transgresor, al que nosotros, los más chicos de la familia, esperábamos con entusiasmo en las fiestas de fin de año. Tal vez porque en esa época de vacas flacas, ella era la única que traía mantecol y maní con chocolate. Además, cuando llegaba el momento de lo dulce, nos repartía primero a nosotros. Era alegre, flaca y alta, muy alta. Para colmo usaba tacos. Distinguida y elegante al punto de ser siempre el centro de los comentarios de mis otras tías. Al principio, halagadores: “¿Te fijaste los zapatos que lleva?”. “Y el vestido es un sueño”, “Es que con ese cuerpo luce cualquier pilcha”. Después venía la envidia: “El collar que lleva puesto no se compra con decencia”. “No se pueden creer las tetas que tiene”. “Mirá, yo prefiero ser petisa y gordita, pero mujer”. Y por último el resentimiento: “Siempre una sombra de barba se le nota”. “Y además el bulto”. “¿Pero si lleva vestido?”. “El bulto en el cuello, el de la nuez”. Claro, la tía Griselda era un travesti. El hermano más chico de mi vieja. El tercer y último hijo que, en principio, había sido un regalo del cielo y luego, al ver su inclinación sexual, una especie de maldición. En ese tiempo yo tenía ocho años y tener una tía así era, además de anormal, vergonzoso. Manteníamos absoluta reserva sobre el tema. Bueno, yo se lo había dicho en secreto a mis mejores amigos, ellos a sus padres y sus padres al resto de la comunidad. Así que la noticia se había esparcido por la ciudad como un reguero de pólvora, pero sin riesgo de humedad. Mí madre me lo había contado un año antes y entonces entendí una cantidad de comentarios, gestos y actitudes que me venían atormentando. Comprendí también porque en las fotos de su adolescencia, mamá siempre estaba con su hermano y un amigo del tío, que por cierto era muy parecido a la tía. Comprendí que aquél “Fabián” que habían mencionado en algún descuido no vivía en Uruguay ni era un primo lejano como decían. Yo sentía, por algunas miradas, que para los demás éramos una familia poco común porque además contábamos con otros condimentos atípicos para la época. Mis abuelas, por ejemplo, que vivían juntas para hacerse mutua compañía: una era soltera y la otra viuda de tres maridos. Mi mamá, separada. O mejor dicho abandonada. Papá se había ido cuando yo tenía dos años y recién lo volví a ver a los doce; vino a plantearme su culpa de padre ausente. Le dije que no se preocupara por el adjetivo ya que no cumplía con el sustantivo y se fue sin entender demasiado. Por suerte, durante esos pocos años en los que pasamos las fiestas juntos tuve la oportunidad de conocer a mis parientes, aunque siempre la persona que más me impactó fue Griselda. La familia estaba compuesta por el tío Pedro, su mujer Elisa y sus dos hijas. La grande era piola, la chica muy aburrida. Los tíos Cacho y María con su hijo, Gastón. El tío Alberto y su esposa Sandra con tres descendientes: Amanda de quince y los mellizos de mi edad, Julián y Esteban. Mi mamá Mercedes y yo. Bueno, por supuesto también estaban la tía Griselda y mis dos abuelas. Mis primas grandes se iban después de los festejos. Los primeros años a charlar a alguna habitación y los últimos las pasaban a buscar para ir a bailar. Así que quedábamos Gastón, los mellizos y yo para los fuegos artificiales, porque la aburrida estaba siempre con la madre. Éramos cuatro primos varones casi de la misma edad y, aunque a veces nos peleábamos, disfrutábamos de estar juntos. Para las reuniones de fin de año habían elegido un lugar neutral: la casa de las abuelas. Una casa antigua de las que llaman “chorizo”, con patio embaldosado y canteros en los bordes con malvones, rosales y una ruda que nosotros intentábamos esquivar para no impregnarnos con su olor. Por otra parte ese patio era el único que podía albergar a los diecisiete. Recuerdo que las noches eran siempre calurosas y que el jazmín gigante de un vecino asomaba por el paredón inundando el patio de perfume. Durante esos días, las habitaciones del costado se convertían en improvisadas cocinas donde se preparaba lo que después se serviría: lechón frío, ensalada rusa, matambre, piononos de varios sabores y tamaños y bandejas multicolores con inventos raros. Toda la familia se ponía de acuerdo y cada uno tenía su especialidad. Mi mamá hacía el mejor matambre de la familia. El tío Pedro tenía un amigo panadero que se encargaba de cocinar el lechón y él se jactaba de preparar el mejor adobo del mundo. Alberto y Sandra eran dueños de una despensa que abría catorce horas por día. Así que debido a la falta de tiempo se habían otorgado el privilegio de aportar bebidas y confituras. Alguna vez escuché a los otros tíos decir que solo llevaban lo que no podían vender y que un vino blanco muy viejo los había hecho lagrimear. Elisa y María competían tácitamente. Intentaban lucirse y sorprender con algún plato novedoso. Por lo general se trataba de ensayos frustrados que combinaban sin distinción anchoas, palmitos, espárragos o roquefort, fusionados en budines o tartas caseras, caras e incomibles, que decoraban con huevitos de codorniz. De los cuatro años en que nos juntamos la familia completa, la última Nochebuena fue inolvidable. Según me había contado mi mamá, la familia había dejado de reunirse durante algún tiempo cuando yo todavía dormía en cuna. Ella aseguraba que la homosexualidad de Fabián, o sea de la tía Griselda, era el verdadero motivo del alejamiento y que fue en el velorio del tío Pepe que decidieron que nos volviéramos a juntar. Parece que la melancolía por la pérdida hizo reflexionar a varios y resolvieron que siendo la vida tan corta no valía la pena estar separados. De manera

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TANDIL SOÑADO

Allí estaba yo, acostado entre mi mujer y la mesita de luz, padeciendo otro de mis acostumbrados insomnios. Aun con los ojos cerrados podía ver las agujas fluorescentes de mi reloj despertador avanzando con prisa y sin pausa. Había entrado en ese círculo vicioso en el que me ponía nervioso por no dormir y no dormía por los nervios. Llevaba más de tres horas probando mis frustrados métodos: rezo, concentración, respiración… solo me quedaba el garrotazo, la resignación o una pastilla. Opté por la resignación. Me faltaba coraje para darme un garrotazo y si tomaba una pastilla corría el riesgo de dormirme a la mañana siguiente, ya que era demasiado tarde. Por momentos, nunca sabré si eran minutos o segundos, me entredormía y aparecían imágenes confusas. Veía todo desde un tercer plano. La casa chorizo de mi infancia se mezclaba con mi patio actual. Mi vecino y yo subidos a los techos donde nos sentíamos libres además de superhéroes. El aroma delicioso y constante de la panadería de la esquina. El sol que reflejaba en la chapa y nos hacía achinar los ojos, y el murmullo de los chicos de la escuela de al lado. Una miscelánea de situaciones vagaba por mi mente. La angustia por la bicicleta que me robaron a los diez años, el miedo al hijo loco del mimbrero y la figura de mi abuela, de espaldas, cocinando el tuco para los fideos en mi cocina actual. Todo era impreciso en esos sueños etéreos que ni siquiera me servían para descansar. Necesitaba vacaciones, además de un psicólogo. Me levanté resignado. Ni siquiera miré el reloj. Fui a la cocina y calenté un poco de leche. Dicen que ayuda a recuperar el sueño. Yo nunca lo creí, pero en la desesperación se prueba todo. Precepto que sustenta el negocio de timadores como brujos y curanderos. A mis dificultades habituales para dormir se habían sumado las preocupaciones matrimoniales. Nuestra relación era un diminuto velero que atravesaba una tempestad en alta mar. Uno nunca está seguro de haber encontrado al amor de su vida y pasa años pensando si ese hombre o mujer con quien comparte sus días fue la mejor opción. Es curioso, lo mismo que en un tiempo nos sedujo de una persona luego resulta inaguantable. Aquel lunar en la mejilla que adoraba y hasta admiraba porque la hacía única y especial, ahora produce rechazo. Ese amor por la música clásica que la hacía parecer tan culta te lleva luego a odiar a Beethoven y Bach. Volví a la cama. Cuando todo empieza a salir mal, la vida se vuelve un efecto dominó. Darse cuenta a tiempo y romper la racha es la única salida. Aunque siempre es más fácil decirlo que hacerlo. El recuerdo de algunas discusiones agujereaba mi mente. Cerré los ojos y me propuse entonces pensar en el viaje de placer que realizaríamos en familia. Una escapada de tres días a Tandil con el único fin de intentar solucionar o al menos disipar el mal momento de nuestra pareja. Uno a veces cree que un cambio de aire puede mejorar el vínculo, como si el matrimonio sufriera de asma. Pero es bueno, necesario y saludable agotar todas las posibilidades antes de la separación. Recordé cuando mi sobrino, ante mi comentario de hacer un viaje en Semana Santa, me aconsejó sin dudar: “Vayan a Tandil”. “¿Por qué?” pregunté ante tanta seguridad. “Porque Tandil es Pascua”, contestó. Me encontré paseando por una ciudad vestida de fiesta y, a pesar de la ruta comercial creada para el turista, se respiraba espiritualidad. Caminábamos con mi esposa y mis hijas hacia el Calvario por una avenida ancha y empinada. En el centro y a ambos lados se alojaban columnas interminables de stands de artesanos. Las ferias siempre fueron mi debilidad, pero de tanto recorrerlas a lo largo y ancho del país y de mi vida, fui perdiendo el interés y la capacidad de sorpresa. Las manualidades se repiten y pocos artículos me resultan atractivos. Trabajos en madera, papel, cuero, con tornillos, con alambre, títeres, juegos de ingenio y cientos de productos más exhibidos en los puestos, salpicaban la avenida. Cada cien metros aproximadamente, artistas callejeros desplegaban diferentes talentos. Un pintor con ínfulas de gran artista bailaba a la vez que pintaba con aerosoles un bastidor. A un costado exponía sus cuadros, todos muy similares: soles o lunas gigantes sobre el horizonte, cascadas, árboles secos y arroyos sinuosos. Todos con colores, sombras y luces parecidas. Debo confesar que encontré algunos personajes pintorescos con propuestas originales: un adolescente calvo publicitaba un producto hecho con hierbas de la Patagonia que aseguraba una cabellera abundante y la cura definitiva de los calambres. Una bella señorita ofrecía un abrazo y una frase por un billete que no fuera el más chico. Miré a mi alrededor y al no divisar a ningún integrante de mi familia me entregué a su propuesta sin dudarlo. El abrazo habrá durado cinco o seis segundos y fue como una brisa de aire fresco directo al alma. Me dijo al oído: “A veces la felicidad está tan cerca que nos pasamos de largo”. Me acarició una mejilla y se alejó. Antes de verla perderse entre la gente alcancé a leer que en la espalda de su remera decía: “Hace falta más gente que crea en cosas imposibles”. Seguí caminando. Es maravilloso con qué poco nos sentimos mejor. Una mirada, una sonrisa, un apretón de manos, un gesto amable… un abrazo. Faltaban unos metros para terminar el recorrido ascendente cuando vi un stand diferente. Como ocurría en la mayoría de los puestos, los estantes estaban forrados con una tela de color y sobre ellos descansaban varios botellones de vidrio. Más arriba, un cartel rezaba: “Vendo silencio”. Fue instinto mi sonrisa y me acerqué curioso, porque admiro a los embusteros que van más allá de lo imaginable. El hombre que atendía me estudió con la mirada y también sonrió. Estimé que, detrás de esa barba y debajo del pelo largo canoso y

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CUERVO

Cuando vi en la pantalla del celular que era Aguirre supe que, si atendía, me iba a meter en un quilombo. Atendí. -No quiero trabajo –informé. -No siempre uno puede hacer lo que quiere. -¿Qué tengo que hacer? -Proteger a un testigo. -¿Cuánto tiempo? -Hasta el lunes –era sábado. -Metelo preso. -Más quisiera yo, pero no puedo. Además, si lo hago, estoy seguro de que lo matan adentro. -¿Qué tiene que declarar? -Menos pregunta Dios… -Buscá a otro. -Me debés más que esto. -Pasame los datos por mensaje –era verdad, le debía algunos favores. -Tiene que estar el lunes a las nueve en Tribunales. -Me ocupo. -Andá ahora. No hay tiempo. -¿Tengo una hora? -No. Tiene que ser ya. Corté. ¡Qué mala suerte! Una vez que había conseguido una flaca, tenía el departamento ordenado y acababa de tomar la pastilla, me sale esto. Con el tiempo uno se da cuenta de que con un poco de salud, comida, un buen vino, un buen libro y a veces, solo a veces, alguien con quien compartir la noche, tiene todo lo que necesita. Despedí a la dama prometiendo, para un próximo encuentro, cosas que no podría haber cumplido ni a los veinte y me fui con la odiosa frase: “El deber me llama”. Me retiré de la fuerza hace cinco años pero aún me siguen llamando para casos especiales. No sé si es un honor o una desdicha. Recibí el mensaje minutos después. HOTEL ROMÁN NICASIO El lugar quedaba cerca. Alrededor de seis cuadras de donde me encontraba. Llegaba más rápido caminando que por cualquier otro medio. En esa zona de Buenos Aires, los sábados a la noche las veredas se convierten en junglas humanas donde el desfile es variado: vendedores ambulantes, borrachos, putas, adictos, proveedores de drogas, indigentes tomando de una botella envuelta en bolsa de papel, cirujas desquiciados que cantan en voz alta, compadritos con ropa llamativa y lentes de sol. El bullicio es una mezcla de risas, insultos, bocinazos, pregones y se huele incienso, comida, sudor. Apreté los ojos y al volver a abrirlos me embriagaron mil luces de autos fusionadas con el neón de las vidrieras. Tal vez sea el efecto del viagra, me dije. El hotel Román, donde se hospedaba Nicasio, había sido mediocre ya en sus comienzos, pero de aquello hacía más de cien años. El desgaste del tiempo y la desidia lo habían convertido en una especie de ruina edilicia que alojaba desocupados, artistas callejeros, truhanes y timadores de poca monta. El dueño lo alquilaba por semana y el precio lo acordaba según los ingresos y la cara del cliente. Cuando le pregunté por medio de un mensaje a Aguirre por qué lo habían metido en ese tugurio, me contestó que ahí ni los asesinos quieren entrar. Un hombre que había pasado los ochenta se incorporó con dificultad y me observó sin responder a mi saludo de buenas noches. Levantó apenas el mentón y supuse que era el “¿En qué puedo ayudarlo?” de esa categoría de hoteles. -Busco a Nicasio. -Último piso, habitación seis. El último piso era el primero y único. Tal vez esa era la gracia del viejo y no la supe interpretar. Subí la escalera y recorrí un pasillo largo y oscuro. Por una ventana sucia del fondo del corredor entraba un haz de luz que me ayudó a descubrir los números de las habitaciones. Llegué hasta el nueve y me volví. No sea cosa que protegiese a otro. Golpeé. -¿Quién? -El Cuervo. Abrió. Me recibió en calzoncillos, medias y camisolín. Creí que los camisolines se habían dejado de fabricar con la llegada de las musculosas. Entré. Nicasio era dueño de un cuerpo endeble y diminuto. Calculé que rondaría los cincuenta kilos con una sandía bajo el brazo. También lo tendré que cuidar del viento, pensé. Me había informado Aguirre que era un intelectual con información pesada. Sin duda eso era todo lo pesado con lo que contaba. -Ahora entiendo su sobrenombre –dijo señalando mi nariz. Empezamos mal. -Buenas noches. ¿Ese es todo el cuerpo que tiene? -No necesito más, uso el cerebro. -Lo bueno es que no cobro la protección por kilo. -Es que un policía no podría hacer la cuenta. -Ya no soy policía. Y cámbiese rápido que nos vamos. -Puede ser que ya no lo sea pero sigue mirando y hablando como policía. ¿Por qué nos tenemos que ir? -Llámelo presentimiento. En el piso, cual si fuera una mala escenografía, había latas, botellas, revistas, cajas de pizzas y pedazos de empanadas. -Detrás de un bohemio intelectual siempre hay un mugriento –expuse para seguir el diálogo amistoso que habíamos iniciado. Él se quedó callado. El olor a humedad era tan insoportable como lógico, las manchas y los hongos cubrían casi toda la pared. -¿Cuánto hace que está acá? -Vine a vivir hace una semana. -Acá no se viene a vivir, se viene a sufrir –comenté mientras corría algunas porquerías con el pie-. ¿Puede apurarse? -¿Estoy en peligro? -Mi olfato está en peligro. ¿Ha tomado alguna sustancia prohibida? –le pregunté al ver sus pupilas dilatadas. -¿Y usted? Tiene las orejas rojas y los ojos vidriosos. -¿Cómo puede vivir con este olor a humedad? –cambié de tema, después de todo era su vida. -Uno se acostumbra. A todo se acostumbra. Cuando escuché los golpes en la puerta sentí lo mismo que cuando vi el nombre de Aguirre en el celular, que estaba en problemas. No había querido llevar la 45. Me había parecido innecesario así que portaba la Bersa 22. Chica, cómoda, algo ineficiente, pero tampoco para subestimar. -¡Métase debajo de la cama! –susurré. Era el único lugar para esconderse en esa pocilga. Volvieron golpear y gritaron que venían a dejar un recado. Saqué mi arma, apoyé la espalda en una de las paredes laterales y me dejé caer hasta quedar en cuclillas. El momento era crítico. Ni siquiera me importó que mi campera tomase olor a humedad. No hubo tercer llamado. Derribaron la puerta de una patada. Eran dos y

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EL DEDO MAYOR

Todo empezó cuando mi madre y mi mujer me pidieron que las acompañara a elegir un salón de fiestas para el cumpleaños de mi abuela. Sabía que era un trámite complicado pero aun así… no me podía negar. La fiesta estaba planeada para un domingo al mediodía porque la mayoría de los invitados pasaba los ochenta años y por las noches se les acentuaban los achaques. Quizás alguien se pregunte: “¿Qué tiene de complicado buscar un salón?” La respuesta es simple: “Nosotros”. El salón elegido debía reunir algunas condiciones y características que para nuestra familia son primordiales. No ser muy grande porque la gente se pierde. Tampoco chico por que estaríamos incómodos. Tendría que contar con calefacción adecuada, estacionamiento para autos, estar bien atendido, ser lindo, limpio, barato y la seña por la reserva debería ser pequeña o bien ser devuelta en caso de fatalidad. Consideremos que mi abuela cumplía entonces noventa y seis.

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LA VIEJA

Entré en la banda hace poco tiempo persuadido por mi primo Miguel e incitado por mi falta de voluntad para trabajar y mi rebeldía adolescente. Aunque tal vez la verdadera razón fue otra: plata rápida, fácil, sin esfuerzo. En mi familia sospechan que ando en algo turbio. Saben que Miguel no es trigo limpio, que no labura y siempre anda con plata. “El artista” lo apodaron algunos vecinos porque a mi tía le ha hecho creer que es actor y que realiza trabajos especiales para engañar a gente mala en un grupo similar a “Los simuladores”. Ella, ingenua además de madre, lo cuenta en secreto ante la mirada sarcástica de las chusmas del barrio. Todavía no me acostumbro a la mirada de la gente, noto el desprecio, la desconfianza. Las viejas comentan y hacen conjeturas por lo bajo cuando ven a cuatro tipos tomando cerveza a las once de la mañana. Desde que yo entré llevamos hechas dos estaciones de servicio, un ciber y un cogotudo en la calle que me dio lástima. Cuando lo apretamos se meó encima. No dije nada, Miguel me advirtió que para estar en la banda no debo ser un puto maricón, ni tener sentimientos de vieja. También me dijo que debo mantenerme callado porque hablo con palabras refinadas de maestra y eso pone furiosos a los muchachos de la banda. Me prohibió que ande con libros en la mano cuando nos juntamos. Él dice que el mundo es una selva donde solo subsisten los fuertes y los hábiles.

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VER MÁS ALLÁ

Alfonso se recostó sobre el respaldo, entrecruzó los dedos detrás de la nuca y estiró las piernas con un gesto de satisfacción. Había trabajado todo el día y disfrutaba de ese momento de esparcimiento con su amigo en el café. De pronto, sin motivo aparente, expresó: – Dicen que hay dos tipos de mentirosos, los que bolacean para entretener y los que mienten para joder. Aunque yo creo que hay más clases: los que están enfermos y engañan hasta cuando dicen la hora, los que se convencen de su mentira, los que fabulan, los que exageran… – ¿Estás por hacer una tesis sobre los mentirosos? –Dalmiro estaba de espaldas a la puerta y por eso no había entendido el comentario. – Ahora vamos a tener un práctico con el Zarpa –murmuró Alfonso adelantando el mentón. Recién entonces Dalmiro giró la cabeza y lo vio. El Zarpa acababa de entrar y bromeaba a su paso con personas de otras mesas. ¿Aterrizará acá? ¿Te cabe duda? Somos la mejor pista para sus fantasías. Alfonso y Dalmiro parecían molestos, aunque en realidad disfrutaban la compañía del Zarpa. Dialogar con él era una especie de aventura que luego comentaban durante varios días. Su narración se podía tildar de extravagante o inverosímil, pero siempre gozaba de fundamento. Además le aportaba la vehemencia necesaria para que el relato resultase entretenido e interesante. El Zarpa llegó a la mesa y antes de sentarse pidió al mozo mediante señas otra cerveza para reforzar la que, se veía de lejos, estaba a punto de morir.

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SÁBADO A LA MAÑANA

Mediados de noviembre, sábado, nueve de la mañana. La familia comienza, de a poco, a poner los huesos de punta. Ese día el hombre de la casa no trabaja. Los demás tampoco. Corrijo, los chicos carecen de actividad escolar y seguramente encontrarán juegos cibernéticos que los entretendrán por horas pero la madre, la señora… el ama de casa… tiene mucho que hacer en el hogar. Acomodar las camas, lavar la ropa, la vajilla, los pisos, planchar…

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REUNIÓN DE EGRESADOS

Comencé la semana con un inusual estado de felicidad. Los contratiempos habituales no empeoraban mi humor y las buenaventuras me alegraban aún más. El motivo era la reunión de egresados del viernes siguiente. Ese reencuentro después de veinticinco años me producía sensaciones similares a aquellas que tenía cuando era soltero. Me retrotraía a una época especial de mi vida, una etapa con pocos problemas, escasas responsabilidades y menos preocupaciones. Mi relación de pareja era muy buena, con momentos más soportables que otros pero con la convicción de volver a elegirnos si todo volviese atrás. Llevábamos doce años de convivencia y dos hijas que alegraban la mayoría de nuestros días. A pesar de todo esto, salir solo me provocaba una inexplicable felicidad. No perseguía la posibilidad de una conquista y mucho menos planeaba una noche con prostitutas. No, no se trataba de una simple infidelidad. Era ese rato diferente, ese espejismo de libertad que desde hacía tiempo no experimentaba y en el que volvía al individualismo. A ser quien era antes de formar lo más importante de mi vida, mi familia.

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LA CITA

Mauricio entró a la confitería, miró su reloj y luego buscó un lugar tranquilo en un rincón. Estaba nervioso. Se comía las cutículas con devoción y ansiedad. El mozo se acercó amable pero él dijo que prefería esperar a que llegara su compañía. Se sentía raro, extrañaba la confitería de la universidad donde acostumbraba a pasar las horas, donde el mozo era casi un amigo, donde todos lo saludaban y se sentaban a intercambiar opiniones. Sin embargo, había buscado este lugar en la otra punta de la ciudad para evitar miradas indiscretas. Volvió a observar su reloj. Todavía era temprano. Tuvo ganas de ir al baño pero pensó que podía perder la mesa y ese sitio estaba bueno. Aguantó.

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Carta de presentación

Referente LXG: Sr. Gerente: Presente: De mi mayor consideración: Me dirijo a usted con referencia al aviso publicado el día 24 de Agosto del corriente en el diario local, donde se solicita una empleada administrativa. Debo comunicarle que en ese ámbito laboral no poseo experiencia, pero aún así me considero sumamente capaz de un aprendizaje rápido y eficiente. Es mi objetivo, a través de estas líneas, requerirle una oportunidad para poder demostrar las cualidades que poseo, sabiendo que mi curriculum es demasiado escueto. Mi única participación laboral hasta el momento fue con un tío durante veinticuatro días en un bazar. Luego, inconvenientes suscitados en el local obligaron a mi familiar a cerrar las puertas de su comercio.

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El caminante

Guillermo manejaba, Martín iba junto a la ventanilla y yo al medio. Era mi primera experiencia en un viaje tan largo, desde Santa Fé hasta Misiones. Para ser más preciso, desde Reconquista hasta Oberá. Nos trasladábamos en una camioneta Chevrolet modelo 78 y el objetivo era comprar yerba mate en una plantación para que luego mi tío Jacinto la fraccionara en bolsas de arpillera de dos kilos. Ese era uno de sus negocios además de la venta de harina, azúcar y otras yerbas. Mi tío era un buen tipo. Él junto con mis primos Guillermo y Martín formaron mi familia desde que perdí a mi madre. Mi padre, en cambio, se había marchado cuando yo tenía cuatro años a recorrer el mundo y jamás lo volví a ver. Jacinto, su hermano mayor, se sintió responsable por su actitud y cuidó de mi madre y de mí desde entonces. En ese tiempo llevaba tres meses viviendo con ellos y trabajaba como un hermano más.

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