Agradecimiento
Querido Sergio: Te envío este e-mail con el propósito de agradecerte por elviaje a México que nos vendiste. Una maravilla. Espero también que el auto que te entregué como parte de pago funcione como corresponde, de lo contrario no olvides que todavía está en garantía. Realmente, con mi esposa, hemos pasado diez días fantásticos en Cancún. Tal vez hagas memoria y recuerdes que compramos quince, pero justo nos agarró la huelga de maleteros en el aeropuerto de Buenos Aires y estuvimos dos días y medio esperando allí. Nunca hubiese pensado que me iba a sentir como Tom Hanks en la película “La terminal” y todo por el mismo precio. Por suerte cuando el avión despegó, el vuelo fue normal… bueno si no hubiese sido por la niebla que obligó al piloto, luego de dar veinte vueltas sobre Cancún, a aterrizar en la ciudad de México. Al día siguiente todo se solucionó y retomamos el viaje en el mismo aéreo. Al llegar a Cancún tuvimos que esperar ocho horas para que nos entregaran las valijas porque habían quedado en México. Nos dijeron con una sonrisa que esos errores eran habituales. Pero lo más importante es que por fin estábamos en Cancún. Seguramente debido a tantas demoras, la empresa de turismo que nos debía trasladar hasta el hotel no estaba esperando en el aeropuerto, así que llamamos al número que vos nos habías facilitado para cualquier inconveniente y en poco menos de tres horas, llegó la combi. El hotel, amigo, extraordinario. Una lástima haber ingresado después de las doce de la noche porque ya no había lugar abierto donde comer. Así que compartimos con mi mujer un alfajor que nos había sobrado del avión y nos dormimos pensando en el desayuno del día siguiente. Era lógico, ahora que lo pienso, que el agotamiento acumulado hiciera que nos despertáramos al mediodía. Pero, ya repuestos, nos fuimos a almorzar. El comedor, querido amigo, estaba al nivel del hotel. Metros y metros de exhibidores e islas de mostradores con manjares. Todo a disposición y todo pago. Te imaginarás que después de varios días comiendo poco y mal nos pareció increíble. Estuvimos más de dos horas degustando las diferentes exquisiteces. Quisimos probar todo. En la salita médica nos atendió un doctor cubano. Nos recetó antiácidos, té digestivo y nos aconsejó que hiciéramos dieta por cuarenta y ocho horas. La cuestión es que al cuarto día en el hotel ya estábamos como nuevos y listos para disfrutar las seis jornadas restantes. Nos sentíamos en el paraíso. La sensación era inigualable: caminar por las arenas doradas del Caribe, conversar con los vendedores ambulantes, sentir el sol sobre la piel, discutir con los vendedores, disfrutar el aire cálido, eludir a los vendedores, gozar las aguas transparentes, correr de los vendedores. Debería existir un repelente o algo que evitara el acoso de estos muchachos. Había vendedores debajo del agua. El único lugar a salvo era dentro de la habitación… y la puerta con llave. Era tiempo de darse algunos gustos. Te cuento que yo siempre soñé, quizás por romanticismo o inducido por alguna película, con cenar en un restaurante junto al mar escuchando la música de las olas y disfrutando de un plato de mariscos. Todo estaba allí: el lugar, la temperatura, el banquete. Viste que las cosas no siempre salen como uno las planea. La música del mar estaba… estaba tapada por otra electrónica que salía de dos parlantes inmensos que pusieron inmediatamente después de que nos sentamos. Les habrá parecido divertido inundar la playa de punchi-punchi-punchi. Debo reconocer que los mosquitos y jejenes no estaban en mi sueño. Recuerdo haberme pegado tantas cachetadas que parecía un boxeador al borde del nocaut. Cuando se acercó el mozo, le hicimos el pedido y le deslicé diez dólares con el comentario de “Sería hermoso escuchar solo el sonido del mar”. El poder del vil dinero dio resultado y en pocos minutos esa música espantosa había desaparecido y el rumor del agua deleitaba nuestros oídos. Interrumpido secuencialmente por mis cachetadas. Invité a mi esposa a cerrar los ojos y sumergirnos en ese momento único, sublime… Tal vez por eso no advertimos que seis mariachis nos habían rodeado. De repente comenzaron a gritar (cantar es otra cosa) una ranchera. Entre las palpitaciones por el susto y la sorpresa, solo escuché que tenían un rancho grande y que me querían hacer los calzones de cuero, cosa que no me dejó muy tranquilo. Cuando por fin terminaron, les agradecimos su deferencia, pero ellos lejos de querer migrar hacia otros rumbos, volvieron a la carga con “Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida. Si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo…” Saqué otros diez dólares y les pedí que por favor nos dejaran y desplegaran su arte por otra parte, preferiblemente por otro país. Que no éramos merecedores de tanta exclusividad. Se fueron. Detrás apareció el mozo con un obsequio de bienvenida: un chupito con un líquido rojo. Nos explicó que estos preparados se toman de un saque, como si fuera tequila. Así lo hicimos. Era tequila. Debí suponerlo porque en México todos los líquidos son a base de tequila. Hasta el agua. Sin duda le habían puesto algunas gotas de jugo de frutilla para darle color, pero a nosotros, que veníamos con el estómago vacío, delicado y sobre todo desacostumbrado a las bebidas fuertes, nos cayó como un yunque. Hubiésemos necesitado un kilo de enduido para tapar el agujero. Por suerte de inmediato llegó otro mozo con la comida y puso frente a nosotros dos platos con una langosta en cada uno. Para realzar el color rojizo del crustáceo habían adornado la preparación con lechuga y rodajas de limón. El bicho nos miraba desafiante con las pinzas afiladas como diciendo: “¡Tocame, tocame si sos guapo!”. Observamos los platos durante unos minutos para comprobar que estuvieran muertas. Sin duda el mozo advirtió que estábamos en inferioridad de condiciones porque sacó del bolsillo un par de pinzas que nos dejó





